jueves, 5 de febrero de 2015

127. COMO SI TE ESTUVIERAS MURIENDO

No siempre resulta sencillo manifestar empatía, ponerse uno en el lugar de otra persona, adoptar su punto de vista y vislumbrar con meridiana claridad un determinado asunto desde su propia perspectiva. Por ejemplo y de una forma muy especial, si nos referimos al padecimiento de una grave enfermedad. Por mucho que nos empeñemos en lograrlo. Una cosa es llegar a  comprender, más o menos, tan complicada situación que, en ocasiones, puede que no exceda más allá del hecho de sentir compasión, y otra, muy diferente, notar y experimentar de verdad su dolencia, lo que pasa por su cabeza, llegar a percibir fuertemente su verdadero sufrimiento, sufrimiento esté que puede ser por partida doble: por el malestar y las consecuencias propias de su mal y, tal vez, también por su familia.

No hace mucho tiempo, una escritora daba un consejo a los que  nos estábamos iniciando en el campo de la creatividad literaria, como aficionados. Decía, más o menos, lo siguiente: "escribe como si te estuvieras muriendo. De este modo, lograrás hacerlo con el máximo dramatismo. Trata de expresarte de tal manera que parezca que tus palabras te salen del alma, de lo más hondo de tu ser, como lo harías si supieras que te queda poco tiempo, que tu vida está a punto de extinguirse. Así, conseguirás ser enormemente impactante, llamar la atención de los lectores, despertando un gran interés por lo que escribes."

Los seres humanos, cualquiera de nosotros, sin excepciones, en ocasiones, nos vemos obligados a pasar por determinadas circunstancias desagradables, con las que, a los demás, no nos es nada fácil identificarnos, al menos, del todo. Algunas experiencias, a no ser que uno mismo las viva en primera persona o le toque verlas muy de cerca, en su entorno más íntimo, son enormemente complicadas de comprender; es muy difícil ponerse en el lugar de quien las está soportando. Y una de esas situaciones, desde luego, tiene que ser el hecho de ver la muerte de cerca, de padecer una seria enfermedad. 

De todos modos, de lo que no me cabe la menor duda, es que quien logra superar con éxito uno de ésos difíciles trances, normalmente (siempre puede haber excepciones, de hecho, las hay), se encuentra mucho más capacitado para comprender el sufrimiento de los demás, bien sea por causa de una enfermedad o por algún espinoso asunto de otra índole. Es más sensible a los problemas ajenos. Los entiende mucho mejor, se encuentra dotado de una mayor empatía. 

Uno, tras superar de un modo exitoso su mala experiencia, tiene que haber aprendido de lo que, por desgracia, le ha tocado vivir. Lo normal es que ello le haga reflexionar, que le ayude a ver la vida con otros ojos, de una manera distinta, apreciando los acontecimientos y vivencias cotidianas – las más pequeñas -, valorándolas mucho más que antes.

Es mi opinión. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo. Tanto, en un sentido como en otro, agradezco cualquier comentario, lo cual seguramente sera enriquecedor para mi. Muchas gracias por leerme y un fuerte abrazo. Hasta la próxima entrada, espero que de interés para todos.

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